Carita de ajo
Ay, niño mío… como verás la ciudad no es lo suficientemente grande como para que dejes de verme por todas partes. Imagino que me viste en cuanto me subí al autobús, yo otra vez, vestidita de blanco para no pasar desapercibida… pero lo cierto, es que yo no te había visto, aunque me quedara allí parada, sujeta a la barra más cercana a ti que había. Si no me llega a decir mi padre “Ese que hay ahí sentado se parece al niño”… hubiera recorrido todo el trayecto seguramente sin llegar a darme cuenta de que estabas sentadito a menos de un metro de mí.
Cuando te miré, por un momento sólo vi a una persona… pero de repente se hizo la luz y creo que hasta tuve que volver a mirarte para asimilar que el parecido no era casual… Que eras tú!!! Me sentí palidecer, de verdad, y en cuanto pude me quité de allí, no por mí, ya lo sabes, sino por ti, que llevabas una cara de ajo puesta que… Luego, me dio la risa floja, pensando lo cerca que había estado de ti sin darme cuenta y lo incómodo y lo tenso que estabas tú, pobrecito mío, qué tonto que eres, vida. Te vi, todo el rato que duró el trayecto, de lejos, mirando por la ventanilla como si no te conocieras el camino (sé que venías de tu casa, hacia casa de tus padres), con los ojitos entrecerrados y grises, ese color que tienes cuando estás a disgusto. Venías con una camiseta gris, ya ves, a juego con tu mirada precisamente. Ay, mi niño, siento haberte fastidiado el viaje, te juro que no te tengo puesto un servicio de vigilancia intensiva para coincidir contigo en los autobuses.
¿Sabes que hoy hace dos meses que ya no nos hablamos? Fíjate, el otro día pensé que como era sábado no te vería… y plaff! No deberías tomártelo así… anda, tranquilízate un poco, no me gusta ver que te hago sentir tan mal, además a veces, hasta me hace gracia lo radical que puedes llegar a ser cuando tomas una decisión.
Ayer pasaste por delante de secretaría como si fueras un burro, sin saludar, con esa cara que se te pone cuando sabes que lo más probable es que me vayas a ver allí sentada. Luego entraste y saludaste… sé que no era a mí pero a ver, yo no soy tan maleducada como tú y no pude evitar (o quizá no me dio la gana evitarlo) contestarte un “buenas”, en el tono más seco que conseguí. Lo único que nuestra compi no te respondió y casi pareció que nos habíamos saludado mutuamente… Y eso debió sentarte fatal… tanto que luego cuando me viste por el pasillo me pusiste una carita, que era todo un poema… más agrio, imposible.
Y una cosa que quería decirte… Eres tonto del bote, sabes? Sigues de carabina del niñato, o es que vas de guardaespaldas? El caso es que llevas toda la semana que no das un palo al agua, vamos, que os vais a la calle a media mañana y volvéis a la hora en la que te tienes que ir a casa. Y dime… no eras tú el que se jactaba tanto de tener que realizar su trabajo correctamente para sentirse bien? No eras tú el que me dijo que su trabajo merecía un respeto? Pues perdona que te lo diga, pero se lo estás perdiendo del todo. Ahora me dirás que es que estás cambiando… y mira, vida, lo único que haces es perder los principios y volverte manipulable por un niñato que no sólo es un chulo y un vivalavirgen, sino que además, no vale nada a tu lado, como persona, como profesional y lo mires por donde lo mires. Por amor de Dios, qué haces dándole explicaciones de lo que haces o no haces, qué haces justificándote ante él, es que te has vuelto majareta perdido? Ese tío es un chichiribaina, tú eres un hombre y mucho mejor que él, me oyes? no pierdas tu dignidad, ni tu integridad por seguirle el juego. No tienes nada que aprender de él, al menos nada bueno…
Por cierto, ayer cuando me iba a casa, descapoté mi coche y al pasar te vi en la parada del autobús… Pero estabas con alguien y no mirabas a la carretera; una lástima porque me hubiera encantado que me vieras, con todo lo que te hablé de mi coche y lo que me hubiera gustado llevarte de copiloto… pararme allí delante de ti, tocar el claxon y llevarte a casa.
¡ay… quién pudiese tener, como él, tan en contra su destino…!